Cerámica cordillera donde el Henares se arrima, montañas que en Alcalá o comienzan o terminan, costillares
legendarios de la tierra santiustina, decorado de tramoya de la ciudad cervantina, foto fija en el trasfondo del teatro de la
vida, siluetas recortables entre
históricas y míticas: Las Brujas, Moro
Encantado, Malvecino, bravas gibas, Ecce Homo, Vera Cruz, San Juan del Viso, la cima de
primeros pobladores que habitaron la Península, una barca boca abajo plena y plana por arriba, pues
la ola de la tierra en el Viso se
prodiga.
Barranqueras de
la historia, vientres de leyenda viva, morerías en alijo y una hebraica
maravilla: Mesa del Rey Salomón que se menciona en la Biblia, una absoluta
opulencia toda de oro
maciza, y en las combas de sus patas fulge
intensa pedrería. Dicen que eran sus
patas tantas como el año días, que todo
el saber entraba en su tabla cabalística,
sólo a Dios no se mentara salvo en acción creativa. De Jerusalén a Roma por cristianos fue traída, botín
de guerra de godos a Toledo llegaría.
Cuando al sur el moro asoma, la Mesa hacia el norte mira, y el mismo moro Tarik que a don
Rodrigo vencía confirmara en estos montes
la información adquirida del Monte de Salomón, que es Suleima en su saliva y se nos quedó en Zulema con el vértigo en
su cima, con su trocha culebrera y con su enterrado enigma.
Dicen lenguas que la Mesa sigue segura y cautiva
en la entraña del Zulema, bien selladas sus rendijas, y un moro quedó encantado
por temeraria pesquisa. Dicen los que de esto saben que la Mesa emitiría sus poderes
salomónicos sobre la ciudad vecina que la guarda en lo profundo sin alardes de
cotillas, y Salomón agradece dotando sabiduría.
Vino a sorber sus entrañas mucha industria ceramista, camionetas que acarrean como constantes hormigas que la cerviz le bajaban y sus magras consumían —Arias, Saturio, Manglano, “La Estela”, Cermag, Pinilla—. Pero en el valle se alzaba aquella tierra cocida formando con la plomada torres rojas en porfía, ladrillares entre llagas que a Alcalá la circuían, barrios enteros que huyen del arado y de la trilla y vienen a hacer bañeras, lavadoras, brillantinas. Alcalá de las colmenas de la deserción agrícola, un cinto en la silueta de la talla alcalaína.
De los montes de Alcalá fue el Zulema la niña de los mirares altivos de su tierra variopinta. Fue escenario de batallas con caballos en batida de carpetanos, romanos, de godos y de morisma que limpiaba Alfonso Sexto y don Bernardo bruñía. Y andando el tiempo, caballos de los romanos volvían a galopar estos cerros en sus mejores películas con el fulgor de su alfanje y sin el miedo en la villa. Era aquel el escenario que deja la tierra huida. Con la túnica romana y la lanza se vestía medio Alcalá en Espartaco, reviviendo romanías. Y llegó aquí El Cid, Sofía Loren venía y se ajaron cornicabras, amapolas, margaritas de los montes que pisara la Jimena de Castilla.
Y en esta terrosa
crónica de estos cerros que dominan la vida de la ciudad, de la villa o de la
‘cívitas’, hoy el último capítulo sobre el paraje culmina. El hombre extiende
su manto de residuos que recicla, el detritus de su industria, las mondas de su
vajilla sobre esta quebrada tierra de accidentada mejilla, y un manto orgánico
cubre la erosión de sus arcillas por el cielo y por el hombre en una acción
sucesiva. Que este paraje al hombre le fue de tierra sumisa, ora fue de
pastoreo, ora fue de cacería, unas veces galopaba y otras en cuevas yacía, un
día lamió su piel, obligando a desvestirla por necesitar su encanto y otro día
la cubría.
Montaña que me sorprendes cuando traspaso la esquina, ay, la montaña de tierra donde termina la vida. ¡Cuántas veces te apareces en un trasfondo que grita! Ay, tú, barranca cercana, yo te di, montaña amiga, la fragancia del pinar y el calor de la ceniza, yo te pago adelantado para que seas benigna.
Zulema y San Juan del Viso, ola de tierras
corridas, largo vientre de misterio, arca de sellada arcilla. Abalorios de tus
pinos sobre tu efigie tupida, como moza que se adorna y en el Henares se
mira. Si el valle se hace inseguro
volveremos a la cima de tus poderes ocultos y tu fulgencia dormida. Si un día
al edil pérfido se le alcanzara una silla, alcanzaremos la mesa de la montaña
magnífica.
José César Álvarez
www.josecesaralvarez.com
Puerta de Madrid, 6.6.2015
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